Amor interracial e intercultural (y otras facetas del amor humano)




Saludos, amigos y lectores de La oreja del burro

Seguramente, están en la playa, disfrutando de una caipirinha o de una Mahu bien fría (por lo menos, en este lado del mundo). Para aumentar su nivel de relajamiento, aquí vengo con un tema que, no lo dudo, ha asaltado una vez su mente. 





Y no me refiero al sexo interracial, una fantasía recurrente en muchos de nosotros (no se haga el beato, que lo he visto), sino al amor, que a veces es muy tonto y se le da por unir lo que según "la norma de unos" es imposible de ser arrejuntado "por otros". 

Así, el amor echa a un lado diferencias de sexo, raza, edad, opinión, religión, clase social y un sinfín de absurdas barreras. ¡Quién no ha besado a una mujer mayor, a un yogurín o al portero!

Lamentablemente, aún hay quienes persisten en afirmar que la naturaleza es sabia y que ha determinado quiénes sí y quiénes no pueden amarse (como si todos nuestros avances culturales nada pudieran hacer). Aún recuerdo una novela peruana de inicios del siglo XX, Matalaché (1928), donde el esclavo negro es quemado en una olla por haberse enamorado y haber embarazado a la bella hacendada española (espero que ya nadie tenga semejantes ideas).



—¡Tírenlo adentro! —rugió el de los Ríos y Zúñiga, más ceñudo e implacable que nunca. Y sobre el crepitar de la enorme tina de jabón se oyó de repente un alarido taladrante, que hendió el torvo silencio del viejo caserón y puso en el alma de
los esclavos una loca sensación de pavor.






Sírvanme estas reflexiones para comentar el libro Tú mi hombre y yo tu mujer (Amor en Panquehua) (2016), de la escritora argentina Elena Bowen

La historia va de un noble inglés, Sir George, quien desilusionado en el amor, decide cerrar las puertas de su corazón. Sin embargo, al llegar a Argentina, una indómita mujer cuyo nombre es Hortensia le hará vibrar de nuevo sus fibras más íntimas y salvajes.

Dos culturas, dos formas de ver el mundo, diferencias que bien pueden (y lo han hecho) iniciar una guerra, son pasadas por alto en nombre del amor.



Un simple repaso del argumento nos advierte de una historia sencilla (en apariencia) y poco original (chico/chica conoce a chico/chica que le cambia la vida), pero que Elena Bowen ha sabido conducir  muy bien por entre los laberintos del tonto pensamiento humano (que diferencia entre clases sociales, por ejemplo), hasta un final sin sorpresas (aquí, el "vivieron felices para siempre" suena a utopía, pero ya sabemos que sí podemos lograrlo).



Elena (en el centro) y su hijo (el libro)

El pueblo de Panquehua, la comunidad indígena y los aristócratas mendocinos se mezclaron sin prejuicios ni distinciones sociales. Todos los presentes amaban a esa pareja que el destino había unido, en un remoto lugar del mundo, para nunca más separarse y estaban ansiosos por festejar su unión. (sic)






Esta breve crítica es, pues, muy favorable, en cuanto que la autora ha sabido hilar sin mayores aspavientos o destrezas técnicas una preciosa historia de amor, intercalada por sucesos que le imprimen emoción, pero que no distorsionan el relato principal. Creo ver en la novela una crítica social muy dura, en cuanto que es una historia entre personas de distinta cultura y raza ambientada en épocas "antiguas", pero cuya actualidad está lamentablemente vigente (En Estados Unidos se legalizó el matrimonio interracial en 1967. Aquí un artículo). Parece que nos cuesta desempolvarnos de los prejuicios.

La descripción de los paisajes y la caracterización de los personajes están muy bien logradas. Y los diálogos son de lo mejorcito; la autora domina con facilidad el discurso de sus personajes; además, comprende muy bien lo que el lector quiere. La siguiente escena es muestra de las cualidades de buena escritora de Elena Bowen:


Hortensia no se amilanó, ella no se asustaba con facilidad, no huía como una niña timorata.
—Es indudable que no puedo poner mucha resistencia. Usted es un hombre muy grande y yo soy pequeña.
—Eso es evidente— afirmó él—. Pero es porque deseo satisfacerte mejor— murmuró ronroneando como un gato montés y realizando movimientos con sus caderas de manera que su pene erecto rozara su intimidad, considerando que ella estaba a horcajadas de él.
— ¡Está haciendo referencia al tamaño de su miembro, sir George!— exclamó ella haciéndose la sorprendida.

No obstante, debo advertir de que algunas escenas me parecen muy cándidas, como sacadas de películas, lo que podría afectar la verosimilitud y a la construcción del relato en general (aunque supongo que a muchos lectores los "enganchará"). Cito como ejemplo la persecusión en el tren, en donde vemos a sir George cabalgando al lado de la máquina para buscar a Hortensia (esa comparación de "negro como la noche" pudo ser mejor).

Casi llegando a destino, los pasajeros del tren a Panquehua observaron incrédulos y asombrados cómo el tren se emparejaba con un magnifico y temperamental semental negro como la noche, controlado con maestría por un indómito y peligroso jinete con el rubio cabello desordenado y mirando fijamente, con semblante hosco, a una bella y melancólica morena con la frente apoyada en la ventanilla de uno de los vagones (sic).

Por otro lado, echo en falta una mayor profundización de la primera parte de la historia, aquella en la que sir George ama profundamente a la africana Oyá, pero esta no acepta abandonar su tribu. De hecho, si Elena Bowen me está leyendo, esta parte bien podría ser otro libro (la última parte también, aquella que ocurre muchos años después), con temas más complicados, más humanos y más actuales (me encantaría leerlo). Con tantos procesos migratorios que vivimos, ¡queremos una historia como la de sir George y Oyá!

Desde este blog, nuestras más sinceras felicitaciones por esta opera prima. Hacemos votos para que la autora siga mostrándonos más facetas del amor humano. Aquí será bien recibida.

Pueden discutir sobre Tú mi hombre y yo tu mujer en el siguiente grupo de Facebook: Grupo de Elena Bowen y comprarla en Ediciones Emancipate.