Dios, un personaje de ficción


                                                     
      Calurosos saludos, amigos burri-lectores:

Como bien deben saber, aquí en Madrid nos achicharramos con una temperatura de 40º (más o menos), que nos obliga a huir directamente hacia alguna terraza, en busca de una piscina o  a comprarnos litros de cervecita bien fría, casi congelada.


Pero es una buena excusa para leer un libro en El Retiro o en Madrid Río. Recomiendo la zona de el Matadero, ¡que está buenísima!
Aquí vuelvo con una de mis acostumbradas "seudo-reflexiones", que más bien son rebuznos de un "burrito" medio loco. En fin, que ya me juzgarán en el cielo (si es que existe) o me quemarán en el infierno (que el Vaticano aseguró que no existe). El tema en cuestión es la presencia de ese ser ficcional -Dios- en la literatura. Tranquilos, guarden los crucifijos y las estacas, pues no intento "ofender" la fe de nadie. 

Y digo "ser ficcional", porque en literatura todo es ficción, creación, invención y demás sinónimos que advierten la distinción frente a la "realidad", lo real, lo experiencial, lo empírico y comprobable, etc. Claro, otro asunto es creer lo que ahí se dice. Y otro asunto es obligar a que los demás crean en lo que uno cree. Y otra cosa muy pero muy distinta es matar a quienes no creen en lo que creemos.


Pensar / sentir

En literatura, Dios empezó siendo un personaje central, el que solucionaba y daba sentido a las dichas y desdichas de las sufridas personas. Así, la muerte, el dolor, las penas, las alegrías, los triunfos, todo, absolutamente todo tenía origen y fin en Dios (excepto el mal y los pecados, esos sí eran culpa del hombre). 

Aquí, la tierra se convertía en el "valle de lágrimas", abajo en el "infierno" y  arriba, en el paraíso al que todos debemos aspirar. Por eso, en la Biblia, Jesucristo, su madre María, los profetas y un sinfín de personas "santas" suben al cielo, llenos de gloria. 

Comparemos la famosa subida sobre carro de fuego del profeta Elías. Aunque muchos afirman que se trata de un rapto extraterrestre, este burrito no ve más que un muy fantasioso relato:

 Y mientras ellos iban caminando y hablando, de pronto apareció un carro de fuego, con caballos también de fuego, que los separó, y Elías subió al cielo en un torbellino. (2 Reyes).

 Ahora comparemos la subida de Cristo; es más sobria que el anterior relato, pero el fondo es el mismo.

Y los sacó fuera hasta Betania, y alzando sus manos, los bendijo. Y aconteció que bendiciéndolos, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo. (Lucas 24)



Claro que no todo Dios está en la Biblia. Su presencia ha venido determinado la forma de estructurar las historias, las moralejas, los comportamientos, etc., de las obras literarias en el mundo occidental. Pongo de ejemplo la muerte de Roldán, el prota de La canción de Roldán, quien por haber cumplido su misión de buen cristiano, Dios mismo le envía a sus arcángeles para llevarlo al cielo (al parecer, esto de recompensar a los que matan en su nombre se le da muy bien). 

A Dios ha ofrecido su guante derecho: en su mano lo ha recibido San Gabriel. Sobre el brazo reclina la cabeza; juntas las manos, ha llegado a su fin. Dios le envía su ángel Querubín y San Miguel del Peligro, y con ellos está San Gabriel. Al paraíso se remontan llevando el alma del conde.

Cervantes, muy inteligente de su parte, también hizo morir a su Quijote bajo el manto protector de Dios (claro, de lo contrario la Inquisición censuraría el libro):

En fin, llegó el último de don Quijote, después de recebidos todos los sacramentos y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías. Hallóse el escribano presente y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió

José Zorrila no duda en salvar a su Don Juan Tenorio, pero esta vez el amor de Dios se mezcla con el amor de doña Inés. Ven, hasta los más pecadores pueden ir al cielo:

No; heme ya aquí, Don Juan; mi mano asegura esta mano que a la altura tendió tu contrito afán, y Dios perdona a Don Juan al pie de mi sepultura.
Pero hay un momento en la historia de la humanidad en que el hombre deja de creer en lo divino, en la magia, en la fantasía. Tal vez como avance de la ciencia o tal vez como producto del horror de tantas guerras, la literatura vuelve su mirada a las capacidades de las personas, en sus defectos y en sus virtudes. Dios es una imagen desgastada, que no ofrece esperanzas ni salvación. A mediados del siglo XX, la fe se vuelve sobre el hombre.

En este sentido, el poema "Masa" de César Vallejo es síntoma de una fe en lo sobrenatural que se ha perdido. Ahora es el hombre el dueño de su destino:

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar...





Unos versos de La orilla de otro cielo, de la poeta Estrella Cuadrado también nos advierten de ese cansancio por encontrar aquel cielo prometido:



Voy buscando cansada de volar
la orilla de otro cielo









El reciente ganador del premio Casa de América de Poesía, Nilton Santiago, traspasa esa añeja fe en vivencia puramente humana:


Cada segundo una estrella deja de brillar

y se convierte en ese pañuelo con el que te limpias los besos que se te caen del cielo.



En un poemario que pronto publicaré, llevo al extremo este abandono de Dios y el reciente trastorno de nuestros valores en favor de "lo espectacular". Al carecer de referencias, la realidad metafísica del hombre sucumbe. Entonces, ¿qué somos? Pues, no lo sé:


Soy lo que pienso de mí
Soy lo que otros piensan de mí
No soy más que la suma de inexactitudes.


Y dejo aquí este extenso tema. Cedo paso a sus comentarios.