Saber morir

Por Rob Davis

Saber morir


   Perdonen por andar muy metafísico estos días. A veces me sumerjo en este sublime estado cuando leo o repaso lecturas tan pero tan buenas que, inevitablemente, invaden mi existencia y mis vivencias. La obra que me toca por estos días es El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.





    Por aquí le he dedicado una serie de articulillos a tan magna obra: Todos moriremos, El Quijote y los Simpsons, El abecedario de los enamorados y El Quijote en cómic. Seguramente continuaré escribiendo más y más textos cuyo eje central o incidental sea la inmortal obra cervantina. ¡El Quijote nunca morirá!


    Uno de los episodios más conmovedores, para este burrito, es la muerte de don Alonso Quijano (Don Quijote de la Mancha no muere, sobrevive en la ficción de la novela). Me conmueve no porque don Alonso Quijano fallezca de melancolía ante un mundo cambiante, donde sus sueños y sus fantasías solo pertenecen al mundo de los locos o ingeniosos, sino por estos ruegos que su fiel escudero Sancho Panza le dice:

No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie lo mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía.

Por Rob Davis



   Don Alonso Quijano acepta su inminente muerte. Sancho aún se resiste. Miguel de Cervantes, el genio como ninguno, ha sabido contrastar a través de estas dos actitudes toda una metafísica de la vida, del tiempo y de la muerte. Tranquilos, no me extenderé mucho en tan intrincado análisis. Solo señalaré que don Alonso Quijano ha sabido vivir su vida y, por lo tanto, ahora "sabe morir" a sus cincuenta años (más o menos). Sancho siente que todavía hay mucho por hacer, por eso tan dramático ruego final.



   Por estos tan acelerados días, buscamos aprovechar el tiempo al máximo. ¡Cuántas personas he conocido que van de un lado a otro, desesperadas por no llegar a tiempo, mientras se ríen de mí porque prefiero tomarme mi tiempo -recalco "mi tiempo"- para "degustar" mi vida! 


Ni tan despacio


    Como bien señala el filósofo coreano Byung-Chul Han en El aroma del tiempo (2009), la gente cree que ahora el tiempo pasa más rápido y no les alcanzan las horas para hacer nada. El tiempo no se ha acelerado, son las actividades cotidianas las que se han dispersado, se han multiplicado y están atomizando nuestra vida, fragmentándola y llevándola hacia cualquier lado, sin rumbo fijo. Esto impide que las personas reflexionen sobre sí mismas. Por ello, cuando paseo por la calle, veo gente que ha envejecido, pero que no se ha hecho mayor, es decir, que no ha madurado, que no "ha vivido".




   Y, claro está, cuando no te da el tiempo para hacer todo cuanto quieres hacer, la muerte te sorprende, llega demasiado pronto: "¡Oh, y era tan joven aún!", se escucha por ahí. 

     ¿Recuerdan esta escena de La sociedad de los poetas muertos?: Carpe diem 





   Lo que no entendieron los alumnos era que "aprovechar el momento" (Carpe diem) no significa hacer todo lo más rápido posible, con la angustia y la desesperación de morir en cualquier momento. No se trata de vivir la vida a lo loco ni a lo tonto. No, pues esa desesperación te puede llevar a la locura o al suicidio, como efectivamente ocurrió al final de la película. El profesor Keating (interpretado por el extinto Robin Williams) lo dice claramente: detenerse a contemplar, a degustar nuestra vida, como si de una buena copa de vino se tratase (recomiendo mi artículo En el vino está la verdad).

¡Hacer de nuestra vida una vida extraordinaria!

    ¡Y qué extraordinaria vida es la que tuvo don Alonso Quijano! Por eso a él la muerte no lo cogió desprevenido. Él supo morir porque supo vivir. 

    ¿Y usted, querido lector, está preparado para morir?