Sexo al aire libre

Sexo al aire libre

   Tengo la buena costumbre de leer un libro y tomar una cerveza, todo al mismo tiempo. Y como en Madrid andamos con un calor de espanto, a veces se me da por refrescar mis lecturas en la zona del río o en el Parque de El retiro, recostado sobre el frío césped. 







   En esos momentos de degustación intelectual, me he topado por casualidad -sí, juro que por casualidad- con parejas (heterosexuales y homosexuales) o grupos (cruising y doging) haciendo el amor al aire libre, sin preocuparse por las miradas -de asombro o de morbo- de turistas o madrileños que buscaban cobijo bajo la sombra de algún árbol.

¡Ah del amor y de la pasión!



    Una amiga de Perú, que andaba de visita, no dudó en calificar como "degenerados" y "pervertidos" a todas esas personas que se regocijaban en hacer "actos obscenos" en público, al aire libre. Se asombró cuando le comenté que el sexo comenzó siendo público y que, por diversas causas (religiosas, políticas y de salud), se fue haciendo privado, íntimo. Y se asombró más cuando le pregunté: ¿Crees que Adán y Eva concibieron a Caín y Abel en un hotel u ocultos en una cueva? Y para rematar mi faena sentencié: "¡Si hasta en la biblia hablan del sexo al aire libre!" (sí, admito que me pasé, pero es la verdad).

Adán, Eva y los infantes Caín y Abel.
(Lorenzo de Ferrari, 1680-1744)


   Aquí dejo dos poemas que hablan del encuentro y de la unión amorosa entre el Hombre y Cristo. Noten que esa unión se da al aire libre, en la naturaleza. Saquen sus conclusiones.

   Este es el conocidísimo poema del san Juan de la Cruz. En "Noche oscura del ama", el santo español emplea el símbolo de la naturaleza para resaltar la pureza del encuentro entre la amada, o sea el alma humana, y el amado, o sea Dios o Cristo. ¡Qué eróticos son los últimos cinco versos!

En una noche escura,
con ansias en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.
A escuras y segura
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a escuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.
En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.
Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.

¡Oh noche, que guiaste;
oh noche amable más que el alborada;
oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada, con el Amado transformada!
En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba
y el ventalle de cedros aire daba.
El aire del almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.


   Este es el poema de El cantar de los cantares, cuyos versos son citados en muchas bodas. Al igual que en el poema de san Juan, el encuentro entre los amantes se realiza al aire libre; incluso el mismo amante da a saber a sus amigos que va al "encuentro" de la amada (lean todo el poema, es muy bonito). ¡Qué pasión brota de estas palabras de la mujer!:

La Amada

7:11 Yo soy para mi amado,
y él se siente atraído hacia mí.
Invitación al encuentro amoroso
7:12 ¡Ven, amado mío,
salgamos al campo!
Pasaremos la noche en los poblados;
7:13 de madrugada iremos a las viñas,
veremos si brotan las cepas,
si se abren las flores,
si florecen las granadas...
Allí te entregaré mi amor.
7:14 Las mandrágoras exhalan su perfume,
los mejores frutos están a nuestro alcance:
los nuevos y los añejos, amado mío,
los he guardado para ti.

   Claro está que el escenario no tiene por qué limitarse al parque, a la sombra de los árboles, al mar o al río. Cualquiera que sea el sitio, este burrito le desea buen provecho.