¡Más feo que cuello de pavo!


Lo admito: soy feo. Más feo que Cuasimodo con estreñimiento; más feo que Belén Esteban chupando limón; más que feo Rajoy hablando de "medidas inteligentes"; más feo que ver el sueldo después de un día de recibido. Por si aún no ha quedado claro cuán feo soy, los ilustro con la foto de mi DNI:




Es que no había dinero para el fotoshop!











¡Hasta creo que Francisco de Quevedo pensaba en mí cuando escribió este famosísimo poema! (sí, es que el poeta era visionario):









Tal vez, no estoy seguro porque no se lo he preguntado todavía, Mario Benedetti escribió este cuentito con una foto mía al lado: La noche de los feos Por si les da flojera leerlo completo, les dejo este fragmento incial:



Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia. 
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Bueno, bueno, ¡ya dejo de hablar de mí! El asunto que atañe a este articulillo es la genialidad con la que muy pocos escritores logran describir a sus personajes; genialidad que se basa principalmente en la sabia elección del adjetivo y de las comparaciones. Vamos, que escribir en una novela que "el protagonista Juan Pérez es tan delicioso como Brad Pitt y Bradley Cooper bañados en mermelada casera", pues no tiene mucho mérito... ¿o sí? 

Añado a esta lista algunas brillantísimas descripciones. Si usted es escritor, tome notas para ejercitarse. Si usted es lector, ahora conocerá lo que es una buena... qué digo buena, ¡excepcional descripción! (no cito al Quijote, porque... pues... veamos... cómo decirlo... ¡sus descripciones son magia pura!):

1. El buscón de Quevedo: una descripción física para matarse de risa

¡Todo un hipster!


Él era un clérigo cerbatana, largo solo en el talle, una cabeza pequeña, pelo bermejo, los ojos avecinados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y escuros, que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes.







2. Cien años de soledad de García Márquez: Descripción del tiempo y del espacio. Quizás uno de los mejores inicios de una novela

Aquí observen cómo el narrador colombiano va fluctuando en el tiempo y en el espacio, llevándonos
del pasado hacia el futuro y de vuelta al pasado. En cuanto al espacio, va desde el pelotón de fusilamiento, pasando por el recuerdo, hasta describir peldaño por peldaño al mítico Macondo. Para terminar, todo lo reduce a un punto: el dedo. ¡Esto es el arte literario!

¡Queremos más Márquez... o marcha!
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo".





3. Crimen y castigo de Dostoievski: Una clase maestra de cómo conjugar la descripción física y moral. ¡Ah, ese cuello como pata de pollo!



¿Alguna vez sonreía?
La vieja permanecía inmóvil ante él. Era una mujer menuda, reseca, de unos sesenta años, con una nariz puntiaguda y unos ojos chispeantes de malicia. Llevaba la cabeza descubierta, y sus cabellos, de un rubio desvaído y con sólo algunas hebras grises, estaban embadurnados de aceite. Un viejo chal de franela rodeaba su cuello, largo y descarnado como una pata de pollo, y, a pesar del calor, llevaba sobre los hombros una pelliza, pelada y amarillenta. La tos la sacudía a cada momento. La vieja gemía. El joven debió de mirarla de un modo algo extraño, pues los menudos ojos recobraron su expresión de desconfianza.

4. Drácula de Bram Sotker: Ejemplo de cómo describir el terror ambiental sin usar expresiones como "la sangre se nos heló", "parecían las fauces abiertas de un lobo", "las puertas del infierno se abrieron"...

Drácula enfadado con los de Crepúsculo¡Dales duro!

Mientras hablaba, los caballos comenzaron a piafar y a relinchar, y a encabritarse tan salvajemente que el cochero tuvo que sujetarlos con firmeza. Entonces, en medio de un coro de alaridos de los campesinos que se persignaban apresuradamente, apareció detrás de nosotros una calesa, nos pasó y se detuvo al lado de nuestro coche. Por la luz que despedían nuestras lámparas, al caer los rayos sobre ellos, pude ver que los caballos eran unos espléndidos animales, negros como el carbón. Estaban conducidos por un hombre alto, con una larga barba grisácea y un gran sombrero negro, que parecía ocultar su rostro de nosotros. Sólo pude ver el destello de un par de ojos muy brillantes, que parecieron rojos al resplandor de la lámpara, en los instantes en que el hombre se volvió a nosotros. Se dirigió al cochero: “Llega usted muy temprano hoy, mi amigo”.

¡A describir, a describir! Y espero compartan sus descripciones favoritas.




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