EL MATALACHÉ DE PALMA

En la revista Amauta se publicaron los fragmentos “El milagro de María Luz” (Nº 14, abril) y “Un día solemne, una fiesta brillante y una mano perdida” (Nº 17, setiembre), los cuales formarían parte de la obra más conocida de Enrique López Albújar, aquella que narra los amores entre un esclavo negro y su ama blanca, lo cual provoca la muerte del enamorado a manos del enojado patrón en una tina para hacer jabón: Matalaché, novela retaguardista, aparecida en 1928, hace ya ochenta años (al final de la primera edición lleva la data de concepción: febrero y marzo de 1927).
El subtítulo y los temas son provocadores puesto que el autor plantea un alejamiento a la moda vanguardista y al regionalismo de entonces: el argumento de la novela nos remite al pasado colonial y no a un presente de modernidad y cambios regionales. Los protagonistas, María Luz y José Manuel, se dejan arrastrar por un ¿amor? que intenta romper prejuicios raciales… “Estamos ante una novela que acoge elementos de la narrativa decimonónica, en especial del romanticismo y el realismo de orientación positivista.”[1]
Tomás Escajadillo sostiene que "Matalaché” plantea el entrecruzamiento de dos tramas: la primera desarrolla explícitamente la historia amorosa entre María Luz y el esclavo mulato José Manuel Sojo (es la primera novela peruana con un mulato como protagonista; ya antes habían aparecido cuentos, poemas y obras teatrales, pero el negro aparecía en segundo plano y casi siempre como objeto de burla.); la segunda, aunque no tan explícita, es un alegato en favor de la libertad política de los hispanoamericanos y una denuncia del sistema de esclavitud. Este tipo de temáticas ya habían sido tratados tanto por autores peruanos como extranjeros. Cito el caso paradigmático de La cabaña del Tío Tom (1852) de Harriet Beecher Stowe e inclusive Las consecuencias (1889) de Mercedes Cabello.
No sería raro que nuestro ilustre escritor haya sido influido por este tipo de lecturas y se haya atrevido –quizá irreverentemente– a escribir una controvertida historia de amor ambientada en la Piura de 1816. Sobre todo en una época en que la esclavitud no era la principal preocupación (recuérdese el decreto de Ramón Castilla en 1856), sino las continuas luchas civiles y el ataque de bandoleros; además la estética vanguardista había superado al modernismo y había producido –paradójicamente el mismo año 1928– La casa de cartón de Martín Adán.
Pareciera que la principal influencia de Matalaché podría ser Las consecuencias (1889) de Mercedes Cabello, básicamente en el tema amoroso: Eleodora, enamorada de Enrique –mal tipo y jugador empedernido– entabla una gran amistad con Juan, el sirviente negro. Al parecer el esclavo es quien se enamora de su ama sin ser correspondido. Un amor de ese tipo es inconcebible, por ello Juan debe reprimir sus sentimientos. Son evidentes las semejanzas, aunque mayor ventaja llevan las diferencias. Sin embargo, considero que la principal influencia de la novela de López Albújar, especialmente temática y argumental, proviene de otro ilustre narrador peruano: Ricardo Palma.
En sus ya conocidas Tradiciones Peruanas (en total 453, publicadas desde 1863 hasta 1908), el bibliotecario mendigo nos narra diferentes historias de la vida peruana, desarrolladas por distintos personajes –españoles, indios, sacerdotes, negros, etc. – en distintas épocas y lugares.
Una de estas tradiciones se titula “La emplazada”, cuyo “escandaloso argumento” pone en apuros a Palma, al punto que “la tinta se me vuelve borra entre los puntos de la pluma”. A pesar de todo, se atreve a contarnos tal “verídico relato de un suceso que fue en Lima más sonado que las narices”.
Esta tradición, subtitulada[2] “Crónica de la época del Virrey arzobispo”, narra la historia de doña Verónica Aristazábal quien, al enviudar del conde de Puntos Suspensivos, se estableció en una de sus haciendas cercanas a Lima. “Para que el lector se forme concepto de la importancia del feudo rústico, nos bastará consignar que el número de esclavos llegaba a mil doscientos.” Entre estos esclavos había un “robusto y agraciado mulato, de veinticuatro años” llamado Pantaleón quien había recibido –por ser ahijado del fallecido conde– un trato especial a tal punto de convertirse en doctor, vestir decentemente y permitírsele comer dentro de la casa. Todo ello más el ocio y asilamiento de vida en una hacienda, motivaron que “a la condesa le clavara el pícaro de Cupido un acerado dardo en mitad del corazón”.
Luego de un año, la condesa trajo desde un convento limeño a Gertrudis, una esclava de “quince a dieciséis abriles, fresca como un sorbete, traviesa como un duende”, de una belleza tal que “pálido sería el retrato que emprendiera yo hacer de la mulata”. Parece que Pantaleón y Gertrudis se gustaron mucho, lo cual causó los celos del capellán: “el despechado rival pensó en vengarse, y fue a la condesa con el chisme”. La reacción de doña Verónica fue interrogar al mulato atándolo a una argolla de hierro y flagelándolo cruelmente durante media hora. Pantaleón negaba constantemente cualquier relación con Gertrudis. Esto irritó grandemente a la condesa y ordenó arrojarlo en una paila de miel hirviendo. Antes de que fuese cumplido tan horrible mandato, el esclavo logró lanzar una amenaza: dentro de un año, a las cinco de la tarde, ambos se verían ante el tribunal de Dios. Efectivamente, transcurridos 365 días, a las cinco de la tarde, la condesa fue hallada muerta en su dormitorio.
Como ya se habrá dado cuenta el lector, son notables las relaciones –y otras que por razones de espacio me limito comentar– entre esta tradición y la novela retaguardista de López Albújar y no sería extraño que el narrador piurano se haya basado en la obra de Ricardo Palma[3], más aún cuando la intención inicial de López Albújar era escribir un cuento; sin embargo, por consejo de su amigo Miguel de Unamuno, se animó a desarrollarlo con mayor amplitud. [4] Al parecer he hallado una posible génesis de esta novela retaguardista. Un buen inicio para el debate.

[1] CARAZAS SALCEDO, María Imagen(es) e identidad del sujeto afroperuano en la novela peruana contemporánea. Capítulo III.
[2] Como dato curioso se puede señalar que muchas de las obras de López Albújar también tienen subtítulos: Cuentos andinos, vida y costumbres indígenas; De mi casona, un poco de historia piurana a través de la biografía del autor; Calderonadas, caprichos literarios, etc.
[3] Tal como Julio Ramón Ribeyro se basó en “Santiago el volador” para escribir su “Santiago el pajarero”.
[4] Así lo señala en una carta dirigida a Miguel de Unamuno, fechada el 04 de setiembre de 1928. En ella le adjuntaba un ejemplar de Matalaché.